¿Qué hace que una persona establezca una relación con un museo? ¿Y qué condiciones explican que otras permanezcan al margen? Comprender a los públicos exige mirar más allá de las cifras de asistencia y preguntarse cómo se construye el encuentro entre las personas y las instituciones culturales.
Los museos suelen hablar de sus públicos como si se tratara de un conjunto de personas cuya existencia es anterior a la propia institución. Desde esa perspectiva, el trabajo consiste en conocerlos, atraerlos, ampliar su número o satisfacer sus intereses. Las cifras de asistencia, los perfiles de los visitantes y las encuestas de satisfacción ofrecen información para orientar estas decisiones.
Sin embargo, hay una pregunta que suele quedar fuera: ¿cómo se forma la relación que hace posible que una persona se convierta en parte de los públicos de un museo?
La pregunta importa porque visitar un museo no es una práctica que se distribuya de manera uniforme entre la población. Tampoco depende únicamente de la existencia de una oferta cultural, de la gratuidad de la entrada o de la voluntad individual. La posibilidad de acercarse a un museo, reconocerlo como un espacio propio y encontrar sentido en sus propuestas está relacionada con las trayectorias personales, las oportunidades educativas, las experiencias previas y las condiciones que la propia institución establece.
Desde esta perspectiva, los públicos no son una realidad que el museo encuentra ya constituida. Son el resultado de una relación que se forma a lo largo del tiempo y en la que intervienen condiciones sociales, personales e institucionales.
No todas las personas llegan al museo desde el mismo lugar
En 1966, Pierre Bourdieu y Alain Darbel publicaron una investigación sobre los museos de arte europeos que puso en cuestión una idea todavía extendida: que el gusto por el arte y la capacidad para apreciarlo son disposiciones naturales que algunas personas poseen y otras no.
Su trabajo mostró la importancia de las condiciones sociales y educativas en la relación con los museos. Aquello que para una persona parece una aproximación espontánea a una obra puede ser el resultado de años de familiaridad con determinadas expresiones culturales, de conversaciones familiares, de experiencias escolares y de aprendizajes que le permiten reconocer referencias, interpretar imágenes y sentirse cómoda en ese entorno.
Esta familiaridad no se distribuye por igual. Algunas personas crecen en ambientes donde la visita a museos forma parte de las actividades habituales; otras apenas tienen contacto con estas instituciones o las conocen a través de imágenes que las presentan como espacios distantes, especializados o reservados para quienes poseen determinados conocimientos.
La diferencia no reside necesariamente en el interés o la sensibilidad de cada persona. También intervienen las oportunidades que ha tenido para desarrollar una relación con la cultura.
Por eso, cuando alguien expresa que no entiende el arte, que no sabe qué hacer en un museo o que esos espacios no son para él, conviene preguntarse cómo se construyó esa percepción. ¿Qué experiencias le permitieron acercarse a una institución cultural? ¿Qué referencias tuvo a su alcance? ¿En qué momento el museo apareció como una posibilidad dentro de su vida, o por qué nunca llegó a hacerlo?
Estas preguntas desplazan la mirada desde las características individuales hacia las condiciones en las que se forma la relación con el museo.
Las puertas abiertas no siempre significan acceso
Un museo puede tener entrada gratuita, una ubicación céntrica y una programación de calidad sin que esas condiciones garanticen una relación amplia y diversa con la población.
El acceso tiene varias dimensiones. La distancia física y el costo del traslado pueden constituir obstáculos importantes, al igual que los horarios, la disponibilidad de tiempo y las responsabilidades familiares o laborales. A estas dificultades se suman otras menos visibles: el lenguaje de los textos, los conocimientos que se dan por supuestos, las formas de comportamiento que parecen esperarse del visitante y la imagen que la institución proyecta de sí misma.
Ana Rosas Mantecón ha estudiado las barreras que separan a los museos de amplios sectores de la población. Entre ellas identifica las geográficas, económicas, educativas, simbólicas y mediáticas. Estas barreras no actúan necesariamente por separado; pueden reforzarse entre sí y producir distintas formas de distancia.
Las barreras simbólicas merecen especial atención porque no siempre se reconocen como tales. Una persona puede vivir cerca de un museo y tener la posibilidad material de entrar, pero considerar que ese lugar no le pertenece, que sus contenidos no tienen relación con su vida o que necesita conocimientos de los que carece para comprender lo que encontrará allí.
En estos casos, la distancia no se mide en kilómetros ni en el precio de una entrada. Se expresa en la percepción de que el museo es un espacio ajeno.
Esta percepción no surge de la nada. Se forma a partir de experiencias, imágenes sociales, referencias culturales y encuentros previos con las instituciones. También puede reforzarse mediante decisiones aparentemente menores: una exposición que utiliza un lenguaje inaccesible, una mediación que presupone determinados conocimientos o una programación que no reconoce la diversidad de experiencias desde las cuales las personas se aproximan a la cultura.
Así, el museo no solo recibe o deja de recibir visitantes. Sus propias condiciones intervienen en la posibilidad de que las personas se acerquen y establezcan una relación con él.
¿Quiénes son los públicos y quiénes quedan fuera?
En el trabajo de los museos, el concepto de públicos suele vincularse con las personas que asisten a sus actividades. Es una referencia útil para conocer la composición de la asistencia, identificar regularidades y orientar decisiones institucionales. Pero, si se limita el análisis a quienes ya han cruzado la puerta, una parte fundamental del problema queda fuera de la mirada.
Las estadísticas de museos en México permiten ilustrar esta cuestión. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), los museos del país registraron 52.2 millones de visitas durante 2025. Entre los visitantes entrevistados, el 61.9 % contaba con educación superior y el 67 % declaró haber recibido estímulo familiar para visitar museos durante la infancia.
Estos datos no permiten afirmar, por sí solos, que el nivel educativo o la experiencia familiar expliquen la asistencia. Sí invitan a considerar la importancia de las trayectorias educativas y familiares en la formación de los públicos.
También es necesario recordar qué muestran y qué no muestran estas cifras. Describen a las personas que acudieron a los museos y que participaron en el estudio, pero no permiten conocer por sí solas las experiencias de quienes no los visitan, las razones de su distancia o las condiciones que podrían facilitar un acercamiento.
Para comprender esas otras experiencias hacen falta investigaciones que se aproximen a quienes no asisten, que escuchen sus percepciones y que examinen las relaciones que mantienen —o no han llegado a establecer— con las instituciones culturales.
Desde este punto de vista, hablar de no públicos no debería significar que existen personas a quienes les falta interés, sensibilidad o capacidad para apreciar la cultura. La expresión permite señalar una relación que no se ha establecido bajo las condiciones existentes.
La distinción es importante. Si la ausencia se interpreta como una carencia individual, el problema parece residir en las personas: no se interesan, no conocen, no comprenden o no desean asistir. Si se examinan las condiciones que producen esa distancia, en cambio, aparecen otras preguntas: ¿a quién se dirige realmente el museo?, ¿qué conocimientos considera necesarios?, ¿qué experiencias reconoce como válidas?, ¿qué posibilidades ofrece para que personas con trayectorias distintas encuentren un vínculo con sus propuestas?
Los no públicos no constituyen una categoría homogénea. Las razones para no visitar un museo pueden ser muy diversas y cambiar a lo largo de la vida. Precisamente por eso, su ausencia no debe explicarse mediante una sola causa ni convertirse en una etiqueta que defina a las personas.
También debe considerarse que la distancia respecto de un museo no implica necesariamente una distancia respecto de la cultura. Las personas participan en prácticas culturales en sus familias, barrios, comunidades, espacios de trabajo y redes de convivencia. Que esas prácticas no coincidan con las que una institución reconoce o programa no significa que carezcan de valor.
La experiencia del museo comienza antes de la visita
Comprender la formación de los públicos requiere mirar más allá de las características sociodemográficas de quienes asisten. Saber la edad, el nivel educativo o la frecuencia de visita de una persona aporta información, pero no explica por completo qué busca en el museo ni qué significado adquiere para ella esa experiencia.
John H. Falk ha propuesto comprender la visita a partir de las motivaciones vinculadas con la identidad. Una persona puede acudir por curiosidad, para acompañar a alguien, por un interés profesional, para conocer un lugar significativo o, sencillamente, para descansar y disfrutar de un espacio. Una misma persona puede tener motivaciones distintas en diferentes visitas.
La visita, por tanto, no tiene un significado único. Se relaciona con lo que cada persona busca, con sus experiencias previas y con la manera en que comprende su propia vida.
Además, la experiencia no comienza cuando se cruza la entrada ni termina cuando se sale del edificio. Antes de la visita existen expectativas, referencias e imágenes sobre lo que se encontrará. Después pueden aparecer recuerdos, conversaciones, preguntas o nuevas formas de interpretar aquello que se vio.
El museo forma parte de una trayectoria más amplia. Un encuentro puede fortalecer una relación que ya existía, despertar un interés nuevo o confirmar la sensación de que ese espacio no está pensado para uno. También puede modificar ideas previas y abrir posibilidades que antes no se contemplaban.
En este proceso intervienen otras personas. La visita suele realizarse con familiares, amistades, compañeros de escuela o grupos de trabajo. Incluso cuando alguien acude en solitario, comparte el espacio con otras personas cuya presencia puede influir en su experiencia.
Una conversación frente a una obra, el comentario de un acompañante o la observación de aquello que llama la atención de otros visitantes pueden modificar la manera de mirar. La experiencia que a menudo se describe como individual también se construye en las relaciones sociales.
Por eso, comprender a los públicos exige reconocer tanto las condiciones colectivas que hacen posible el encuentro como la experiencia particular de cada persona. Las categorías generales permiten identificar tendencias, pero no determinan lo que alguien vivirá frente a una obra o dentro de una exposición.
De conocer a los públicos a reconocer su participación
Si los públicos se forman en una relación con el museo, también cabe preguntarse qué lugar ocupan en las decisiones que dan forma a esa relación.
Durante mucho tiempo, buena parte de la investigación sobre visitantes se concentró en registrar la asistencia, identificar perfiles y conocer las opiniones de quienes acudían a las exposiciones. Estos estudios siguen siendo necesarios. El problema aparece cuando sus resultados se consideran suficientes para comprender a los públicos.
Contar visitantes permite conocer el volumen de la asistencia, pero no necesariamente su diversidad. Una mayor afluencia puede significar que llegan más personas que ya visitaban el museo, que quienes lo conocen acuden con mayor frecuencia o que nuevos grupos comienzan a establecer una relación con la institución. Son procesos distintos y no deberían confundirse.
Del mismo modo, una valoración positiva de una exposición no explica por sí sola qué ocurrió durante la visita ni qué significado tuvo para cada persona.
Los indicadores son herramientas para conocer determinados aspectos de la realidad, no la realidad completa. Su valor depende de las preguntas que orientan la investigación, de los métodos que se emplean y de los alcances que se reconocen a sus resultados.
Esta distinción también importa cuando los museos diseñan estrategias para ampliar o diversificar sus públicos. Antes de decidir a quién se dirige una exposición, qué actividades se programan o qué medios se utilizan para difundirlas, conviene comprender cómo se han formado los públicos actuales, qué condiciones han favorecido esa relación y quiénes han quedado fuera.
A partir de ahí surge otra cuestión: ¿las personas participan únicamente como destinatarias de las propuestas del museo o tienen posibilidades de intervenir en las decisiones que las configuran?
La participación puede adoptar distintas formas. Puede consistir en aportar experiencias y conocimientos, contribuir a la interpretación de una colección, colaborar en el diseño de una actividad o intervenir en decisiones institucionales. No todas estas formas implican el mismo grado de incidencia.
Por ello, la participación no debe considerarse un valor automático. Invitar a las personas a expresar sus opiniones no significa necesariamente que sus aportaciones modifiquen las decisiones. Una institución puede abrir espacios de consulta y mantener intactas las relaciones de poder que determinan qué se expone, qué relatos se reconocen y qué voces se consideran autorizadas.
La pregunta no es solo si los museos ofrecen oportunidades para participar, sino qué lugar conceden a esa participación y qué consecuencias tiene para la institución.
Reconocer a los públicos como interlocutores implica considerar que poseen experiencias, conocimientos y formas de interpretar el mundo que pueden contribuir a la construcción de los contenidos y de las relaciones culturales. También exige examinar qué decisiones está dispuesta a compartir la institución y cuáles permanecen bajo su control.
El museo también forma a sus públicos
Entender que los públicos se forman no significa atribuir al museo la responsabilidad exclusiva de las desigualdades sociales. Las oportunidades educativas, la distribución del tiempo y los recursos económicos, las relaciones familiares y las prácticas culturales de cada comunidad exceden el ámbito de acción de una institución.
Sin embargo, el museo tampoco es ajeno a esas condiciones. Participa en la formación de los públicos a través de sus exposiciones, sus programas, sus formas de comunicación, sus espacios y las relaciones que establece con las personas.
Cada decisión abre algunas posibilidades y restringe otras. El lenguaje de una exposición puede facilitar el acercamiento o reforzar la distancia. Una actividad puede reconocer los conocimientos de una comunidad o tratarlos como si no tuvieran relación con los contenidos del museo. Una estrategia de difusión puede dirigirse a quienes ya conocen la institución o buscar formas de establecer vínculos con quienes nunca la han considerado una opción.
No se trata de suponer que todas las personas deben visitar museos ni de establecer un modelo de visitante al que la población tendría que aproximarse. Tampoco de medir el éxito de una institución únicamente por el aumento de la asistencia.
La cuestión es comprender las condiciones en las que se construye la relación entre las personas y el museo, reconocer la diversidad de las trayectorias desde las cuales se produce el encuentro y examinar qué puede hacer la institución para reducir las barreras que ella misma reproduce.
Esto exige desplazar la pregunta. En lugar de preguntarse únicamente cómo atraer más visitantes, el museo puede comenzar por comprender quiénes son sus públicos, cómo se ha formado su relación con la institución, qué buscan en ella y quiénes permanecen al margen. También puede examinar si las personas encuentran posibilidades reales de participar en las decisiones que afectan su experiencia.
La diferencia entre ambas perspectivas no es menor. En la primera, los públicos aparecen como destinatarios de una oferta que la institución define. En la segunda, la relación con los públicos se convierte en parte del problema que el museo necesita comprender y de las condiciones que puede transformar.
Los públicos no nacen: se forman. Y en esa formación intervienen la sociedad, las trayectorias de las personas y las decisiones de las instituciones culturales.
Comprender este proceso permite reconocer que el encuentro con un museo nunca depende exclusivamente de la voluntad individual ni de la apertura física de sus puertas. Depende también de las condiciones que hacen posible que una persona encuentre allí un lugar, una pregunta, una experiencia o una relación significativa.
Quizá la pregunta fundamental no sea cuántas personas visitan un museo, sino qué condiciones hacen posible que personas distintas establezcan una relación con él y qué lugar ocupan en la construcción de esa relación.
Porque las decisiones del museo no se dirigen solamente a los públicos que ya existen. También participan en la formación de los públicos que podrán existir.
*Este artículo retoma y sintetiza algunas de las reflexiones desarrolladas en el ensayo académico Los públicos del museo: formación, desigualdad y participación en las condiciones del encuentro disponible zenodo.org, consúltalo AQUÍ
Karina Jazmín Juárez Ramírez
Gestora cultural | Historiadora | Doctoranda en Estudios Transdisciplinarios de la Cultura y la Comunicación

