DÍA DE MUERTOS EN MÉXICO ¿DE QUIÉN ES LA FIESTA?

Día de Muertos en México: ¿de quién es la fiesta? Patrimonio cultural, turismo y las transformaciones de una celebración.

Cada año, entre finales de octubre y los primeros días de noviembre, México celebra el Día de Muertos. En las casas, las familias preparan ofrendas, colocan flores de cempasúchil y recuerdan a quienes han muerto. En los panteones, algunas comunidades pasan la noche junto a las tumbas de sus seres queridos. Al mismo tiempo, las avenidas se llenan de desfiles, las ciudades organizan festivales y miles de visitantes llegan al país para conocer una de sus expresiones culturales más reconocidas internacionalmente.

Estas celebraciones comparten símbolos y fechas, pero no siempre los mismos sentidos. Mientras unas mantienen su lugar en la memoria familiar y comunitaria, otras se incorporan a circuitos turísticos, campañas de promoción y actividades comerciales.

Ambas forman parte del Día de Muertos contemporáneo. Sin embargo, su coexistencia plantea una pregunta fundamental: ¿de quién es la fiesta?

Del patrimonio al atractivo turístico

En 2003, la UNESCO proclamó el Día de Muertos como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad y, en 2008, lo inscribió en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial bajo la denominación Las fiestas indígenas dedicadas a los muertos.

Este reconocimiento internacional puso en primer plano una celebración profundamente vinculada con la vida cultural de los pueblos indígenas. Sin embargo, su difusión como símbolo de identidad nacional también contribuyó a extender una imagen del Día de Muertos que, en ocasiones, deja en segundo plano la diversidad de sus prácticas y los contextos comunitarios en los que adquieren sentido.

Conviene recordar que el patrimonio cultural inmaterial no reside únicamente en los objetos que podemos observar. Una ofrenda no es patrimonio solo porque reúna flores, alimentos, fotografías y veladoras. También lo es por los conocimientos, la memoria y los vínculos familiares que permiten construirla y transmitir su significado.

Por eso, salvaguardar una tradición no significa conservarla intacta ni impedir que cambie. Significa mantener las condiciones para que las personas y comunidades que la practican puedan seguir reconociéndola como propia.

La relación entre patrimonio y turismo introduce aquí una tensión. El turismo puede generar ingresos para artesanos, cocineras, floricultores y pequeños comercios; también puede ampliar el reconocimiento de las expresiones culturales y despertar el interés de nuevas generaciones. El problema aparece cuando las expectativas del visitante comienzan a determinar qué debe mostrarse, cómo debe representarse una celebración y quién puede beneficiarse de ella.

Para comprender esta transformación es necesario distinguir tres procesos relacionados, pero diferentes: la patrimonialización, que convierte determinadas expresiones en referentes de valor cultural e identitario; la turistificación, que reorganiza espacios y prácticas en función de la actividad turística; y la mercantilización, que incorpora esos referentes a relaciones de intercambio económico.

Ninguno de estos procesos tiene consecuencias idénticas en todos los contextos. El conflicto no surge simplemente porque una tradición genere ingresos o atraiga visitantes, sino cuando las exigencias de su promoción comienzan a imponerse sobre las necesidades de quienes la mantienen viva.

Cuando la representación se convierte en celebración

El Gran Desfile de Día de Muertos de la Ciudad de México ofrece un ejemplo significativo de cómo las imágenes turísticas pueden transformar las formas de celebrar una tradición.

El desfile oficial se realizó por primera vez en 2016, después de que la película Spectre, estrenada en 2015, mostrara una espectacular procesión por las calles de la capital mexicana. La escena cinematográfica despertó el interés de visitantes que esperaban encontrar en la ciudad aquello que habían visto en la pantalla.

Es importante precisar que el cine no inventó las expresiones públicas del Día de Muertos. Las manifestaciones callejeras y festivas tienen antecedentes históricos, y antes de la primera edición del desfile oficial ya existían iniciativas ciudadanas, como la Mega Procesión de Catrinas de 2014.

Lo significativo es que una representación cinematográfica concebida para un público global contribuyó a dar forma a un nuevo evento institucional. Una imagen de la tradición regresó a la ciudad y se convirtió en una práctica real, adoptada posteriormente por miles de personas.

¿Significa esto que el desfile es falso o que carece de legitimidad cultural? No necesariamente. Las sociedades crean nuevas expresiones, las incorporan a sus celebraciones y les atribuyen sentidos propios.

La cuestión es otra: ¿qué ocurre cuando la expresión más espectacular y visible comienza a representar, ante el mundo, una tradición mucho más diversa?

El desfile puede convertirse en una celebración significativa para sus participantes y, al mismo tiempo, formar parte de una estrategia de promoción turística. Ambas dimensiones pueden coexistir. El problema aparece si la imagen que mejor funciona como espectáculo termina por desplazar otras formas de vivir la fiesta.

Cuando el panteón deja de ser un espacio íntimo

En Janitzio, Michoacán, y San Andrés Mixquic, en la Ciudad de México, la relación entre tradición y turismo presenta una tensión diferente. En estos lugares, la celebración comunitaria existía antes de convertirse en un destino para visitantes.

La Noche de Muertos en Janitzio pasó, a lo largo del siglo XX, de ser una práctica comunitaria a convertirse en una de las imágenes más reconocidas de las celebraciones mexicanas. Su difusión mediante el cine, las guías de viaje y la publicidad contribuyó a atraer a un número creciente de visitantes.

En Mixquic, la afluencia masiva ha generado preocupaciones entre los habitantes por la saturación de los espacios, las dificultades para acceder al panteón y las afectaciones a las ofrendas y las tumbas. También se han expresado inconformidades por los costos, la presencia de comerciantes externos y la distribución de los beneficios económicos.

En estos casos, la pregunta «¿de quién es la fiesta?» adquiere una dimensión concreta. ¿Quién tiene prioridad para entrar al panteón durante la velación: la familia que acompaña a sus difuntos o el visitante que desea presenciar la celebración?

La turistificación no necesariamente elimina el ritual, pero puede transformar las condiciones materiales en las que se realiza. Una práctica que necesita tiempo, intimidad y cercanía familiar puede quedar subordinada a las necesidades de circulación, observación y consumo de miles de personas.

El problema no es que alguien desee conocer estas celebraciones. Es que el derecho a observarlas no debería imponerse sobre el derecho de las familias a practicarlas.

Una tradición también se transforma con la ciudad

En Oaxaca de Juárez, la turistificación del Día de Muertos forma parte de una transformación urbana más amplia. La promoción de la ciudad como destino cultural vincula las artesanías, las identidades indígenas y las celebraciones tradicionales con una imagen de autenticidad que atrae a visitantes nacionales e internacionales.

Esta dinámica abre oportunidades económicas, pero también produce tensiones. La competencia en los mercados artesanales, la precariedad de algunos sectores comerciales, el aumento de las rentas y el desplazamiento de habitantes hacia otras zonas de la ciudad forman parte de un escenario que no puede explicarse únicamente por el crecimiento del turismo durante una temporada.

Cuando una ciudad se organiza cada vez más para responder a las expectativas de quienes la visitan, la transformación no afecta solamente a los productos que se venden o a las imágenes que se difunden. También modifica los espacios donde viven las personas, las actividades de las que dependen y las condiciones en las que mantienen sus prácticas culturales.

Así, la turistificación del Día de Muertos no puede analizarse al margen de las relaciones económicas y sociales que atraviesan los territorios donde se celebra.

La autenticidad no es una forma fija

Con frecuencia, el debate sobre el Día de Muertos se plantea como una oposición entre una tradición auténtica y otra transformada por el turismo. Sin embargo, esta distinción resulta insuficiente.

La celebración es producto de una larga historia de transformaciones, intercambios y apropiaciones. Sus expresiones han cambiado entre regiones y generaciones; también se han incorporado nuevos objetos, imágenes y formas de participación.

Una familia puede modificar su ofrenda, adaptar sus prácticas a la vida urbana o incorporar elementos contemporáneos sin perder el vínculo con sus difuntos. Por el contrario, una representación promovida como auténtica puede responder principalmente a las expectativas comerciales de quienes desean vender una experiencia cultural.

Por eso, la autenticidad no debería entenderse como una propiedad inmutable de los objetos o las prácticas. La pregunta relevante es quién tiene la capacidad de definir qué representa la tradición, para quién se construye esa representación y qué consecuencias produce.

Una transformación impulsada por quienes viven una celebración no tiene el mismo significado que otra impuesta por agentes externos que buscan convertirla en un producto atractivo para el mercado.

Esta diferencia permite reconocer que las tradiciones pueden cambiar sin perder su sentido, pero también que no todos los cambios son inocuos ni todas las personas tienen la misma capacidad para decidir sobre ellos.

¿Qué significa salvaguardar el Día de Muertos?

Si el turismo no es, por sí mismo, una amenaza para el patrimonio, tampoco basta con afirmar que genera beneficios económicos para considerar positiva su relación con las celebraciones.

Una gestión responsable del Día de Muertos requiere, ante todo, reconocer la capacidad de decisión de las familias y comunidades que lo practican. Esto implica que puedan intervenir en las decisiones sobre la promoción de sus celebraciones, las imágenes que las representan, los espacios que se abren al público y los límites que consideran necesarios.

También exige examinar cómo se distribuyen los beneficios económicos. Si una celebración genera ingresos a partir de su promoción turística, es necesario preguntarse si esos recursos contribuyen al bienestar de quienes la sostienen y de los territorios donde tiene lugar.

Otra condición fundamental consiste en respetar los espacios y tiempos que no están destinados a los visitantes. La ofrenda doméstica y la velación familiar no tienen por qué convertirse en experiencias turísticas. No todo lo que forma parte de una tradición debe mostrarse, fotografiarse o comercializarse.

A ello se suma la necesidad de ofrecer herramientas de mediación cultural que permitan comprender los sentidos de la celebración, así como evaluar de manera continua los efectos sociales, económicos y culturales de las actividades turísticas.

Estas condiciones no buscan impedir el cambio ni establecer una versión única de la tradición. Buscan que las transformaciones no dependan exclusivamente de las exigencias del mercado ni reduzcan la capacidad de las comunidades para decidir sobre su propio patrimonio.

Una fiesta que siga perteneciendo a quienes la viven

El Día de Muertos no puede comprenderse desde una oposición sencilla entre tradición y mercantilización. El turismo puede contribuir a su difusión, generar oportunidades económicas e impulsar nuevas formas de celebración. Pero también puede convertir las prácticas culturales en espectáculos, alterar los espacios comunitarios y concentrar los beneficios en actores que no participan directamente en su transmisión.

Los casos de la Ciudad de México, Janitzio, Mixquic y Oaxaca muestran que estas transformaciones adoptan formas distintas. En unos lugares, una imagen turística contribuye a crear una nueva celebración pública; en otros, una práctica comunitaria se convierte en destino y encuentra dificultades para conservar sus condiciones originales de realización.

La pregunta no es si el Día de Muertos debe cambiar. Las tradiciones cambian porque las sociedades cambian. Tampoco se trata de negar el valor económico que pueden tener los conocimientos, los productos y las expresiones culturales.

La cuestión fundamental es quién decide sobre esas transformaciones, quién obtiene sus beneficios y qué lugar ocupan las personas que mantienen viva la celebración.

Salvaguardar el Día de Muertos no significa impedir que se transforme, sino procurar que sus transformaciones no lo separen de quienes le dan sentido. El turismo puede formar parte de su continuidad siempre que reconozca las decisiones, las necesidades y los derechos de las familias y comunidades.

Porque, antes de ser una imagen de México ante el mundo, el Día de Muertos es una forma de recordar, de mantener vínculos y de recibir simbólicamente a quienes ya no están. Y ese sentido no depende de cuántas personas contemplen la fiesta, sino de que todavía existan quienes puedan vivirla como propia.

*Este artículo retoma y sintetiza algunas de las reflexiones desarrolladas en el ensayo académico Las celebraciones del Día de Muertos en México. Entre la tradición vivida y la escena turística, disponible en AQUÍ

Karina Jazmín Juárez Ramírez
Gestora cultural | Historiadora | Doctoranda en Estudios Transdisciplinarios de la Cultura y la Comunicación

Karina Jazmín Juárez Ramírez

Gestora cultural | Historiadora, investigadora |

https://karinajuarezramirez.com
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