En 2001, quienes visitaban el Metropolitan Museum of Art miraban cada pintura en promedio 27 segundos. Dieciséis años después, en otro museo, el tiempo casi no había cambiado: 28 segundos. Lo que sí cambió fue qué hacía la gente con ese tiempo — muchos se tomaban una foto con la obra en vez de solo mirarla. Entre una medición y otra llegó el teléfono inteligente, y con él, una manera distinta de estar frente al arte.
Ese pequeño dato abre una pregunta más grande, que exploro en mi más reciente ensayo académico: ¿qué le pasa a la experiencia del arte cuando vivimos en un entorno de hiperestimulación — rodeados todo el tiempo de notificaciones, contenidos y estímulos que compiten por nuestra atención?
La respuesta no es que el arte pierda valor. Es que el valor se desplaza. Cuando el acceso a la cultura abunda —y nunca había sido tan fácil tener un museo, un libro o un concierto a un clic de distancia— lo que se vuelve escaso, y por eso valioso, son otras cosas.
La primera es la atención sostenida: la posibilidad de quedarte frente a una obra el tiempo que necesita para que ocurra algo más que una reacción superficial. Aquí la fotografía juega un papel curioso: estudios muestran que tomar una foto puede dañar el recuerdo de lo que viste, salvo cuando la foto te hace fijarte en un detalle específico — ahí el efecto desaparece. No es el celular el problema, sino si la atención se queda en la obra o se va al flujo de publicar y compartir.
La segunda es la copresencia: compartir el mismo espacio y tiempo con otras personas frente a una obra o una función en vivo. Investigaciones con sensores fisiológicos han encontrado que el público de un concierto en vivo sincroniza su ritmo cardíaco y su respiración de una forma que no ocurre viendo una grabación — hay algo en estar ahí, juntos, en el mismo momento, que ninguna pantalla reproduce del todo.
La tercera es la mediación con criterio: tener a alguien —un curador, un bibliotecario, un programa de recomendación humana— que te oriente hacia algo que no habrías encontrado solo. Esto importa porque las recomendaciones automáticas, por diseño, tienden a estrechar lo que consumimos en vez de ampliarlo.
La cuarta es la transmisión comunitaria, especialmente relevante para el patrimonio cultural inmaterial: una danza, un oficio o una fiesta tradicional pueden circular ampliamente en un video corto, pero circular no es lo mismo que transmitirse. La transmisión real —aprender una práctica de alguien— pide tiempo, cuerpo y pertenencia, cosas que un video de quince segundos no puede dar.
Y la quinta es la procedencia verificable: saber quién hizo una obra, cómo y con qué intención. Esto se ha vuelto más urgente con la inteligencia artificial generativa — estudios muestran que, incluso frente a una imagen idéntica, la gente la valora distinto según crea que la hizo una persona o una máquina. El origen de una obra no es un dato accesorio: cambia cómo la vivimos.
Ninguna de estas cinco condiciones se puede acelerar ni delegar por completo a un sistema automatizado. Y ahí, creo, está el reto más interesante para quienes trabajamos en gestión cultural: no se trata de multiplicar el acceso —eso ya está resuelto—, sino de cuidar las condiciones en las que la experiencia realmente puede ocurrir.
La pregunta que me parece decisiva ya no es cuánta cultura tenemos al alcance, sino cuánta somos capaces de vivir.
Si te interesa conocer el desarrollo completo de este acercamiento, con su marco teórico, el análisis de las aportaciones y las referencias académicas que la sustentan, puedes consultar el ensayo completo con un click en: La experiencia del arte en la era de la hiperestimulación. Del acceso a la experiencia: atención, presencia y valor en la cultura contemporánea